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10 Agosto 2009
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Editoriales -
El Perverso
Incipiente en su democracia, con más por construir que hable de que llegó para quedarse, la democracia republicana de nuestro país, los Estados Unidos Mexicanos, es una de las más caras del mundo.
No nos detengamos en el costo oficial de las elecciones para diputados federales del pasado 5 de julio, en las que según el Instituto Federal Electoral cada voto habría costado alrededor de 40 pesos de acuerdo con la suma de las prerrogativas de los partidos, el gasto corriente, la organización de súperdomingo ni en otros gastos y su posterior división entre el número de votos.
No, enfoquemos en este ocasión cómo se conforma la Cámara de Diputados: son 500 curules que se integran con 300 de mayoría relativa y 200 de representación proporcional, esto es, los que hacen campaña y quienes se reparten el botín de acuerdo con una fórmula matemática que calcula el porcentaje de votos y asigna a cada partido un número de escaños repartidos en 5 circunscripciones o zonas integradas por varios estados.
El caso es que en México tenemos tantos diputados, y tan improductivos que nos cuestan sólo ellos unos mil millones mensuales además de los gastos administrativos y de operación de la Cámara con un gasto aún mayor manejado en la total opacidad, sin rendir cuentas.
¿Cómo hacer para eficientar las tareas legislativas?, ¿de que manera se podría hacer que los diputados federales nos cuesten menos a los mexicanos?, ¿deben rendir cuentas?
Sabemos que la democracia es cara, que más cara sería no tenerla, pero ello no debe de ser pretexto para no proponer e implementar una reestructuración que resulte en un Congreso menos costoso y más cercano a la medianía.
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