Fernando Ortega

En corto es jovial y amable,  pero cuando pesca un micrófono sufre un cambio drástico y se convierte en un ectoplasma de Ruiz Cortínez. Ese defecto se hizo evidente durante el debate. A pesar de lo cuidado de su discurso Fernando cayó varias veces en lugares comunes. Por ejemplo, su sueño de construir un buen lugar para nuestros hijos es, aparte de trillado, imposible en tiempos del calentamiento global y el desastre ecológico: aquí o en Singapur, las nuevas generaciones tendrán que apelotonarse en los cerros para no ahogarse en las inundaciones y tragarán insectos para sobrevivir a la extinción de otras especies comestibles. Es inevitable.

Pero Fernando tuvo una virtud que le valió salir ileso: fue prudente ante los insultos de Mario Ávila y así tenía que ser. En un debate, quien va arriba no discute con sus adversarios sino que dialoga con los que serán sus gobernados. Aunque tal vez lo fue demasiado.

Los ataques de Mario eran perfectamente predecibles y absolutamente refutables. Predecibles porque los ha repetido hasta el cansancio: las inversiones anunciadas por el gobernador y el rollo del priismo mentiroso, corrupto y antidemocrático, refractario a la verdad, la honestidad y la democracia que Mario, los Mouriño y el PAN dicen representar.

Refutables porque si algo tenemos claro los que votamos por Fox en 2000, es que no hay pecado que le achaquen al PRI que no haya sido cometido por el PAN durante su primera década como partido hegemónico. De Fox, Martita y los Bribiesca a Felipe Calderón poco hay que rescatar. Y si los pri-sidentes imponían sucesor, Fox impuso a Calderón. Tal vez usen hasta las mismas toallas.

Pero quizá la mayor evidencia del fracaso del PAN es que después de una década de haber llegado a la presidencia de la República, siguen culpando a los priistas, como cuando Fox amenazaba con exterminar a las víboras prietas y a las tepocatas.

Y esos pecados no son ajenos al PAN campechano. La candidatura de Mario Ávila es una imposición de los Mouriño que lastimó a su partido; y si la muerte de Juan Camilo nos dolió a todos, eso no tiene nada que ver con el hecho de que fue el secretario de Gobernación más cuestionado de la historia por actos de corrupción.

Así las cosas, ¿qué panista puede ondear la bandera del cambio?

Fernando fue prudente, repito. Tal vez demasiado. Pudo haberle enseñado a los Mouriño que antes que la paja en el ojo ajeno, hay que ver los contratos de Pemex en el propio, pero prefirió exponer su proyecto de gobierno a caer en un pleito de comadres. Quizá porque así se lo indicaron sus asesores políticos que, a su vez, se basaron en manuales ya muy sobados; o quizá porque no quiere colaborar con la crispación y el enfrentamiento entre campechanos. Al fin y al cabo, después del 5 de julio, Fernando seguirá viviendo aquí y no en España.

Mario Ávila

Todo candidato que va perdiendo tiene dos obligaciones: publicar una encuesta donde se coloque en empate técnico con el que va arriba y, en caso de debate, picar pleito para sacar de quicio a su oponente. Los Mouriño publicaron hace dos semanas una encuesta donde Mario aparecía en empate técnico con Fernando, faltaba que lo enviaran al debate con la espada desenvainada, y así fue.

En el debate el Gallo Azul salió endemoniado, como si le hubieran echado litros completos y de la Premium, y con una estrategia impecable: iniciar cada participación con un ataque, continuar con una propuesta más o menos verosímil y terminar con otra embestida contra el obeso objeto de su deseo. Además, y de pasada, excluir a los demás partidos de la contienda remarcándole al público que el 5 de julio tendrían la oportunidad de elegir únicamente entre dos opciones: los mismos haciendo lo mismo o el cambio (Cambio: palabra que desde los tiempos de Fox quiere decir: otros haciendo lo mismo).  

Pero la estrategia, impecable y todo, fue inútil. Si los españoles lo instruyeron para verse enérgico y seguro, a Mario le falló el registro histriónico, o tal vez le pesó demasiado el escenario y la inmadurez política, y se vio iracundo y resentido. Y esa mezcla Molotov lo llevó a confundir el lugar y las formas: más que en un debate político, el enviado de los Mouriño parecía estar en una pendencia de cantina, donde Fernando no era un adversario político sino un enemigo mortal.

A la salida del debate, Ávila Lizarraga confirmó mis sospechas. Ante los reporteros se dijo ganador argumentando que Fernando Ortega no había respondido ninguno de sus ataques. Hubo respuestas, claro, y con cifras federales, pero Mario no las comprendió. Extraviado en un oficio que ignora y fiel al designio zoológico que le impusieron los Mouriño, el gallo de pelea esperaba que Purux mostrara los espolones, y una vez cantada la bronca, definir al ganador del debate por la vertiginosa vía de la barbarie. Se la “peletier”.
   
Encuesta Teleazul

En Teleazul ganaron los azules. Si usted, lector masoquista, se ha preguntado qué marca de sargazo fumaron en esa televisora, sepa que ninguna, hasta podrían pasar un examen antidoping en Juegos Olímpicos. La victoria de Mario fue cocinada en los hornos del PAN donde laboran los asesores en guerra sucia traídos de España, y la trabajaron de esta manera: el día del debate, a las siete de la noche, la televisora cambió el número que había proporcionado durante toda la semana por otro que sólo conocían los militantes panistas. Fue así como los españoles y su MALinche ganaron por apenas 4 puntos porcentuales.
Es parte de la tradición, inaugurada por Hernán Cortés, de cambiar espejitos por oro, o encuestas amañadas por votos indígenas.

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